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 KRILÍN, EL MAESTRO TORTUGA: 25- Combate deportivo. Combate real.

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Tserleg
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MensajeTema: KRILÍN, EL MAESTRO TORTUGA: 25- Combate deportivo. Combate real.   Jue Mayo 11, 2017 9:44 am

COMBATE DEPORTIVO. COMBATE REAL.





Planeta Válinor.

La pelea ya estaba dispuesta, con Heranio y todo el poblado submarino disponiéndose a disfrutar del combate entre los tres humanos contra cuatro elfos marinos, cuando el rey Arielano volvió a insistir a los extranjeros:
- Recordad que esta no será una pelea limpia, no hay reglas. Eso sí, podéis rendiros cuando queráis, sólo que quien se rinda ya no podrá ayudar a los compañeros que queden en pie. En cuanto a los nuestros, cuando perciba que en combate real los habríais matado, ya los haré retirar, aunque lo normal es que lo hagan ellos por sí mismos. Si recibís demasiadas heridas no os preocupéis, salvo accidente no os mataremos.
- Vaya, que amables. - Se quejó Krilín.
- Bueno, independientemente de si después nos aliamos o no, mejorar sí mejoraréis con esta prueba.

Arielano hizo un ligero movimiento de cabeza en dirección a sus cuatro guerreros escogidos:
- Oktopos hizo surgir una niebla de tinta en torno al trío foráneo.
- Anfitrito modeló un tiburón de agua energizada dentro de la niebla.
- Maxplank y Gyptus lanzaron sendos rayos de energía.

Respuesta Tortuga:
- Krilín cargó sus puños con ki, y de un golpe deshizo el pseudotiburón.
- Yajirobe lanzó un rayo de ki con cada mano, que al colisionar desintegraron los de los atacantes.
- Yamcha lanzó un sokidán que no paraba de golpear y rebotar, hasta volatilizar a los cuatro atacantes.

El trío salió de la niebla:
- ¡Je, je! Trabajo hecho. Creían habernos cegado, pero podemos sentir a nuestros rivales. - Se ufanaba Yajirobe, hasta que se dio cuenta de que donde debían estar los cuerpos inconscientes de sus rivales sólo habían unos pequeños remolinos de arena.

- ¡Enhorabuena! - Se cachondeó Arielano. - ¡Habéis derrotado a las copias de mis guerreros!


Planeta Murdor. Semanas después.

Siempre había tenido claro que Marciakis era un estúpido y un cabeza cuadrada. El típico tipo que según donde nazca, su gente por fuerza han de ser los buenos, y los demás son unos malvados y no tienen derecho a nada. Pero yo, inocente de mi, esperaba que al menos me escuchara, y en el peor de los casos se despidiera de nuestro grupo pacíficamente, por eso de que habíamos ido a ver al suyo a parlamentar.

Va el notas y no sólo se niega a escucharme, sino que encima finge que va a hacerlo, para acercarse a mi y atravesarme el corazón con un golpe con la punta de los dedos. Apenas él me mata, ¡je, je, je, je!, sus hombres atacan a los míos, que se defienden como ya sabéis, pero que al ser cuatro contra tres, y el que hemos perdido es el más fuerte, pues también los matan. ¡Ja, ja, ja!

Bueno, ya os conocéis el truco para estos casos. Casi todos los elfos dominamos la técnica de duplicación, así que mientras se ensañan con nuestras copias, que encima tenían sólo un quinto de nuestra fuerza, vamos y rodeamos los verdaderos. Por si fuera poco, aprovechamos el efecto sorpresa para que Fedra los atrape en una de sus ilusiones. Fedra, habla tú ahora.

- Sí claro, teniente Zúnder. Lo que usé fue los mayores terrores de su subconsciente acerca de lo que más temen que les hicieran a sus seres queridos. Sólo que imaginándose a otros compañeros elfos, o a sí mismos haciéndolo tanto a orcos como a elfos marinos. Los demás quedaron bloqueados por la culpabilidad, pero el tal Marciakis aún se escudó como que eran chances de guerra, el pueblo elfo debe prevalecer, gloria al rey Vasilakis, pepinillos en vinagre, etc.

> Así que a él lo matamos, para limpiar el universo y porque al fin y al cabo es una simple baja de guerra. Mientras que a sus hombres, tras darles una buena tunda y rendirse, les interrogamos para obtener información sobre los comandos restantes. A pesar de las naves que nos han ido colando de estrangis, cada vez nos quedan menos incursores.

En la mesa del bar que compartían los cuatros elfos, estaban, como no, los orcos Aníbal y Galeno, junto a unos cuantos colegas orcos más: Silvio, un fanático de las armas; Palomo, un pacifista que se había metido a soldado para ponerse en forma y ver mundo; y Áries, el individuo más salido que había conocido cualquiera de sus contertulios de mesa.

- Imagino que a los demás no los mataríais. - Preguntó Palomo.
- Tranquilo. - Respondió Tanakis, el elfo castaño de las enredaderas. - Si en su momento nos resultaba levemente desagradable tener que mataros a vosotros, pues a los nuestros más todavía. Así que tras el interrogatorio hicimos lo habitual, entregarlos a vuestras autoridades para que les repatríen a nuestro planeta, con la promesa de no volver mientras siga la guerra. Fedra los analizó y está segura de que piensan cumplir su palabra.

- ¡Esa es mi chica! ¡Ella sí que sabe de hacer buenas pirulas! Además, de tener buenas perolas.

¡PAF! La colleja que le asestó Sílvio fue de campeonato. Semanas antes, cuando Galeno tuvo la idea de que los elfos se unieran con su cuadrilla para el cerveceo, la racista y engreída Fedra había impuesto como condición que no pensaba soportar que ningún orco le echara los tejos. Afortunadamente los primeros días Áries había estado de permiso, porque de otro modo no habría llegado a conocer al pelotón de Galeno lo suficiente como para darles otra oportunidad. Los orcos tenían miedo de que el cafre de Áries les espantara su amiga, como ya había hecho con la terrícola esa llamada Bulma, quien daba más miedo incluso que su novio, un tal Yamcha dotado de una fuerza increíble.
El caso es que Fedra, a pesar de tener su buena patada en la boca, en el fondo era bastante buena chica, y los orcos llegaron a apreciar su compañía lo suficiente como para tener controlado, dentro de lo que cabe, a su desquiciado camarada.

- ¡Ja, ja, ja! - Se tronchaba Mortanios, Morta para sus colegas orcos. Era el elfo nigromante, moreno de cabello y pálido de piel. - Al final acabaré por apreciar vuestras vidas más que las de mis muertos revividos.



Planeta Válinor. Volviendo unos días atrás.

- ¡Enhorabuena! - Se cachondeaba Arielano. - ¡Habéis derrotado a las copias de mis guerreros!

Por un lado reaparecieron para volver a atacarles: Oktopos, Anfitrito, Maxplank y Gyptus. Por el otro flanco surgieron: un pulpo de tinta, otro tiburón de agua energizada y un monstruo de algas. Y detrás de estos tres monstruos, venían otras copias de los cuatro elfos marinos.

Fase de limpieza. Yajirobe, Yamcha y Krilín atacan raudos las criaturas invocadas, y las mandan lejos de un golpe. Entonces son rodeados por los ocho elfos en una fiera pelea. Los terrícolas son más fuertes y rápidos, por lo que aguantan bastante bien. Hasta que son atrapados sorpresivamente por las fieras invocadas, que en esta ocasión sólo habían sido temporalmente noqueadas. Es lo que tiene un rival como Gyptus, parece ser que poco hábil con las invocaciones, pero bastante mejor con los escudos de energía.

¡Kaioken!

Los tres amigos se deshacen a tiempo de las criaturas, se apartan con una técnica parecida a la hipervelocidad. O mejor dicho, la hipervelocidad, pero que dentro del agua ya no es tan rápida como para evitar dejar una estela de imágenes. Aún así les da tiempo para destruir las criaturas con golpes más poderosos. Y desactivan el kaioken para enfrentarse de nuevo al octeto élfico en un cuerpo a cuerpo.

¡Flup!

- ¡Muy bien hecho! - Les gritó Arielano. - Veamos como os desenvolvéis ahora.

Los terrícolas habían estado "cómodos" bajo el agua gracias a unos respiraderos en sus fosas nasales. Pero alguien los había hecho desaparecer con un conjuro.

- ¡Eso es trampa! - Se quejó el trío al unísono.

- En la verdadera guerra no hay trampas. Aprended a pelear en inferioridad de condiciones. Y si no os gusta rendíos. ¡Pero no esperéis la misma amabilidad de vuestros propios invasores!

El ex difunto Krilín asintió, hizo una seña a sus compañeros para continuar.  Sus ánimos cambiaron.

La batalla siguió y uno de los elfos acabó por ser derrotado y volatilizado, obviamente una copia. Otro se retiró herido, y desapareció su copia. Pero no eran cinco elfos los restantes, sino veinte. No es que hubieran hecho más copias:

- ¡El enemigo siempre puede recibir refuerzos! ¡Asumidlo!



Planeta Válinor. Palacio del Rey Vasilakis.

- ¡Esto es el colmo! ¿Acaso se ha vuelto loco el Rey de la Galaxia? ¡Ayudar a esos monstruos en guerra con nuestro noble pueblo!

El rey Vasilakis estaba que trinaba con la nueva información que le había traído Gesilea, Responsable de los Servicios de Inteligencia. En los días anteriores ya se había encontrado con que los murdorianos habían descubierto como sortear, en la medida de lo posible, el escudo antimisiles de los heliotas. El Rey Vasilakis no hubiera dudado del señor Radom, líder de los heliotas, cuando le aseguró que no habían ayudado a los orcos, de no ser porque Radom había añadido que estaba en contra de lo que llamaba invasión élfica al pacífico pueblo murdoriano.

El caso es que, fuera por la ayuda heliota o por la tecnología (o espionaje) murdorianos, las naves orcas ahora eran capaces de derrotar a las élficas. El planeta Válinor sufría de frecuentes bombardeos que requerían recuperar el espacio sideral, o que los comando élficos en Múrdor terminasen su trabajo en un tiempo record. Tampoco es que ahora el escudo antimisiles se hubiera vuelto inútil por arte de magia, seguía parando diversos ataques, y los ataques espaciales también causaba bajas de guerra a los orcos. Lo que ocurría con el escudo es que había pasado de ser prácticamente impermeable a sólo ligeramente útil; insuficiente contra una de las flotas más avanzadas de la galaxia.

Otro problema es que las tropas orcas se estaban defendiendo bastante bien de los comandos, a pesar de los constantes aunque escasos refuerzos desde Válinor. No sólo había orcos mejor entrenados y equipados de lo esperado, sino que cada vez eran más los elfos que no sólo eran derrotados, sino que además se pasaban al enemigo. También habían contratado unos mercenarios terrícolas, un planeta casi desconocido y cuyos guerreros siempre habían sido insignificantes, pero de repente habían tres con algún que otro centenar de unidades de combate. Lo más irritante del problema terrícola era que todo apuntaba a que algún traidor había tomado el aspecto de un capitán elfo (cuya coartada había sido probada y comprobada) para convencerlos y pasarlos al bando orco. Más traidores.

Pero el problema más grave era el recientemente informado por Gesilea: el Rey de la Galaxia había enviado a uno de sus patrulleros de superélite a ayudar. Según la responsable de espionaje, ese patrullero, un tal Jaco, era algo patoso pero fuerte (alrededor de un millar de unidades de combate), y con una buena lista de capturas de criminales en su haber. Al menos era casi tranquilizador que también ostentase con algunos sonoros fracasos por sus charlotadas, como cuando destruyó una civilización pulsando un botoncito por error. Esperaba que no fuera el caso, porque aunque los recursos minerales de Múrdor eran apetitosos, lo que hacía rentable la conquista era su tecnología.

El Rey Vasilakis expuso su plan:
- En fin, perderán a ese patrullero por superélite que sea. Ellos lo han querido. Organizaremos un ataque a gran escala, en el que no tendrá más remedio que actuar el más poderoso de nuestros guerreros, o sea, yo. Mi poder de combate es inferior, pero todos sabemos que aún así podría vencer a ese tal Jaco en un uno contra uno. Llevaremos el apoyo de la mayor parte de nuestro ejército y nos jugaremos el todo por el todo en una única batalla, que ganaremos.

Gábalo, capitán general de las fuerzas valinorianas, aprovechó el momento para expresar su opinión:
- Majestad, si me permite hablar. Es cierto que con su participación sí tenemos posibilidades de vencer, pero visto lo visto nuestra victoria ya no es tan segura como parecía a principios de la guerra. Además, podemos seguir adelante sin el planeta Múrdor; lo que sugiero aprovechar para pactar la paz con los orcos.

- ¡Jamás! - Rugió el Rey.

- Pero majestad, por favor. Usted es indispensable para el reino, por improbable que sea su caída o captura...

Antes de que el Rey Vasilakis lo cortara, el consejero de la moneda Drakumenis siguió con el mismo argumento, pero traído a su terreno, y relatado de modo más digerible:
- Majestad, tened en cuenta que el esfuerzo bélico sólo resultará rentable si al tomar el planeta Múrdor lo hacemos sin destrozarlo demasiado, y sin tener demasiadas pérdidas nosotros. Además, hace falta un tiempo para renovar las bajas de un ejército, que podría aprovechar una potencia extranjera para cosechar los frutos de nuestros esfuerzos.

En realidad Drakumenis calculaba que en caso de vencer los gastos militares se recuperarían con creces. Y que la ampliación del ejército podría ser inmediata, gracias a los avales de las nuevas riquezas y oportunidades de negocio. Pero la probabilidad de perder era demasiado alta, con lo que seguir con la guerra sería un riesgo de expectativa negativa. Si bien había evitado hablar de posibilidades de derrota, porque espolear el orgullo del temperamental rey no era el modo más eficaz de hacerle entrar en razón.

Gesilea y Heranio se abstuvieron de añadir argumentos en favor de una tregua cuando el rey Vasilakis apoyó sus manos en los brazos de su trono, y se levantó conteniendo su ira:
- No se preocupen por nuestras posibilidades de éxito, pues no escatimaremos recursos en este ataque. Además, lo que es durante el traslado de tropas a Múrdor no voy a caer, pues aunque el general Gábalo carezca de fe en su pueblo, sus habilidades le permitirán defender su nave sin ningún problema, nave en la que yo viajaré.
Necesitamos los recursos y tecnología de esos abominables orcos caníbales para prepararnos contra la amenaza de Freezer. Y por el bien de nuestra civilización: ¡Prevaleceremos!



Una hora después.

Jaco recibió una llamada desde su casa, a pesar de vivir solo (había roto con su novia recientemente):
- Hola Heranio, dime que ocurre.

Aunque, al menos en teoría, el móvil que Jaco había proporcionado a su amigo Heranio era a prueba de hackeos, pinchazos, etc. Sí le había parecido prudente utilizar los poderes telepáticos de la yardrat Hikari para advertir a Heranio de que sus siguientes llamadas fueran destinadas a su domicilio particular: Hikari acababa de alcanzarlo para teleportarle a Múrdor, y no era conveniente arriesgarse a que las llamadas del ex embajador fueran rastreadas por los suyos, y descubierto que hablaba por su cuenta con gente del planeta enemigo.

Una vez le hubo informado a su amigo patrullero tanto del inminente ataque a gran escala, como de la disposición de tropas y planes de batalla, el viejo ex embajador colgó y se sumió en sus pensamientos.

Heranio tenía afecto a su esposa, de hecho a petición suya en un momento Jaco le volvería a enviar a la yardrat Hikari para teletransportarla a algún planeta amigo, Hélinor por ejemplo, para que tuviera refugio en caso de que su traición fracasara. Parecido a cuando hizo llamar a su amiga Hikari (¡ah!, aquellos tiempos en la embajada en Múrdor) para transportar a los terrícolas. Por lo que decía Jaco, el entrenamiento previo con los elfos marinos les había resultado útil contra los comandos en Múrdor. Y es que una muchedumbre de elfos dándote una paliza es una experiencia que espabila a cualquiera.

En cuanto a los hijos del matrimonio, los dos hijos eran mayores e independientes, por lo que a nadie se le ocurriría pringarles con una acusación de la que precisamente ellos sí eran realmente inocentes.

Sí, era un traidor. No era responsable de los bombardeos que había recibido su propio pueblo, pero sí había ayudado con sus informes al bando que los causaba. Muchos elfos inocentes habían perecido por la ambición de un gobierno corrupto. Pero también muchos orcos habían caído por una guerra que no habían buscado, por no mencionar a la opresión que sufrían los elfos marinos desde la anterior generación.

Sí, Heranio tenía afecto a su esposa. Pero no dejaba de ser un matrimonio de conveniencia, tan habitual en las casas nobiliarias de los elfos y de tantas otras civilizaciones de la galaxia. Y al que se habría negado, aún siendo desheredado, de no ser por la existencia del antiguo rey Teoforus, padre del actual rey Vasilakis. Fue Teoforus quien sometió a los elfos marinos bajo el yugo de los terrestres, que a su vez habían estado dividido en varios reinos hasta unificarles el rey Kaetanio, padre de Teoforus.

La buena cuestión es que durante una revuelta marina contra el rey Teoforus, este decidió disuadirles de nuevas intentonas mediante ejecuciones masivas de rebeldes. Uno de tales fue la hermosa elfa Lyra, que ni siquiera había participado activamente en la revuelta, pero que había ocultado a un pariente fugitivo. Lyra era el amor eterno de Heranio, y por ella se habría enfrentado a toda su familia de ser necesario. Ambos tenían concertado el día de su boda, sólo quedaba por saber si ello le costaría a Heranio perder a su familia. Ella falleció poco antes de haber tenido oportunidad de comprobarlo.
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KRILÍN, EL MAESTRO TORTUGA: 25- Combate deportivo. Combate real.

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