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 KRILÍN, EL MAESTRO TORTUGA: 11- Katanas, metralletas y chicas guapas

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Tserleg
Jackie chun
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MensajeTema: KRILÍN, EL MAESTRO TORTUGA: 11- Katanas, metralletas y chicas guapas   Jue Ago 18, 2016 6:09 am

CAPÍTULO 11 - KATANAS, METRALLETAS Y CHICAS GUAPAS



El capitán Gero presentaba su informe al comandante Orange:

- De camino a la aldea de los samuráis, me encontré a uno de ellos despedazando con una espada a dos de nuestros soldados más inútiles. Esos tipos querían violar a una amiga suya.
- Los pillaría por sorpresa y no llegarían ni a disparar. - Supuso Orange.
- Cierto, no oímos disparos, pero el caso es que ese tipo es realmente bueno. Créame, sé lo que digo. Además de lucha sin armas, he practicado tanto kendo como iaido, y el manejo que tiene con la katana es anormal. No exagero si le digo que su velocidad es inhumana, muy pocos de nuestros soldados podrían hacerle frente sin nuestras mejores armas.
- Pero supongo que no causaría problemas a un pelotón entero como el suyo. ¿Transmitió el mensaje, capitán?
- Por supuesto. Apenas liquidar a los dos inútiles, aparecí yo y le convencí para que nos llevará a su aldea para transmitir un mensaje. No le hacía gracia, pero no puso ninguna pega, como tampoco su compañera. En la aldea fui atendido fría pero educadamente, y les expuse que tienen hasta el alba para darnos una respuesta.
- ¿Cuál cree que será?
- Ni idea. Aunque en ningún momento fueron groseros con nosotros, si las miradas matasen no habríamos quedado ninguno vivo. Cierto que nuestro ejército no suele recibir calurosas bienvenidas. Creer, creo que aceptarán entregarnos la bola del dragón, si el precio es justo, pero no me juego el pellejo en ello. Bien haríamos tanto en doblar las guardias, por sí nos atacan, como en explorar la ruta hacia el poblado previamente al ataque, por si nos preparan alguna emboscada.

El comandante Orange se levantó. Gero Junior no era precisamente un canijo, de hecho era un tipo enorme. Pero Orange era un hombre león, casi tan alto como Gero y mucho más corpulento que el ya corpulento Gero. Caminó unos segundos de aquí para allá, mientras rumiaba una respuesta. Se paró:
- Dudo que unos palurdos con espadas, arcos y apenas armas de fuego se atrevan a asaltarnos. Los exploradores de vanguardia para prevenir emboscadas sí me parecen una buena idea.
Como Orange no lo había dicho de un modo tajante, Gero se permitió insistir un poco:
- No necesitaríamos tantos hombres para reforzar las guardias. Dudo que el cansancio les pese tanto, y de todos modos alguien tendrá que quedarse en la base, mientras nos lanzamos a un hipotético asalto. También veo improbable que no cedan, y aún más que nos asalten aquí en lugar de emboscar a mitad del camino. Pero tras haber visto moverse a ese feo, toda precaución es poca.
- De acuerdo Gero. Aunque no creo que sea necesario, como usted mismo dice, toda precaución es poca. Le autorizo a preparar tanto las vanguardias como los guardias adicionales.



- ¡Vamos, más vidilla! Una tortuga es lo que tendrías que cargar a la espalda, no el ritmo que tienes que llevar. - Se mofaba Lunch.
- Ya, tu muy valiente ahora, pero yo soy quien aguanta mejor los resfriados. - Replicó Violet.
- ¡A...atchis!
- Antes lo digo, antes ocurre.

Las dos chicas estaban corriendo por los alrededores del palacio de Pilaf, cargadas no con pesados caparazones, de los que no disponían, sino de mochilas cargadas con 30 kg de piedras. Al menos, a idea de Violet, les habían añadido una fina plancha de hierro para evitar sentir los cantos de las piedras en sus espaldas. La ergonomía y la seguridad en el trabajo son importantes. Gracias a ello podían cumplir con el guión del Maestro Tortuga para sus primeros días de entrenamiento. Además de correr 15 km al día cargadas con los 30 kg, también tenían que realizar:
- 150 flexiones. 50 normales, 50 con las manos hacia afuera y 50 con las manos hacia dentro.
- 200 abdominales. También 50 de cada tipo, los cuales cada día habían de ser diferentes. Salvo 50 con las piernas enganchadas a una barra y en cuerpo colgando. Ese tipo era fijo para todos los días, que para algo era el más duro.
- 200 sentadillas.
- Prácticas de tiro para mejorar la flexibilidad de piernas. ¿¿¿??? Dirá el lector. En realidad tiene sentido. Consistían en apoyar los pies de lado, en sillas lo más alejadas posible entre sí, para estirar abductores a lo Van Damme. Y cara a una diana para practicar con la pistola. Flexibilidad, puntería y control del estrés, todo en uno.
- Otros ejercicios bizarros de flexibilidad que mejor censuramos. Demasiado aterradores.
Por supuesto, todo ello también cargadas con las mochilas. Una cosa era que Mutenroshi no quisiera exprimir innecesariamente a unas alumnas de las que no esperaba que siguieran el ritmo de Krilín y Yamcha. Pero si querían un entrenamiento ordinario que le pidiesen guía a otro.

Los servicios de inteligencia del emperador ya le había confirmado la veracidad de diversos informes de Violet, por lo que había comenzado a confiar en las chicas. Pero muy recientemente. De hecho era el primer día que permitía a Violet entrenar fuera del palacio, lo que la había forzado a sustituir el ejercicio de correr por otros como saltar a la comba, burpees, elíptica, etc. Pero claro, al aire libre el entrenamiento resultaba mucho menos monótono. También es verdad que un desierto no es un paisaje tan hermoso como un bosque, pero sí que lo es más que cuatro paredes, aparte de que un suelo arenoso donde se hunden los pies, vuelve el entrenamiento incluso más cañero.

Lunch rubia era quien estaba más en forma de las dos, pero en cuanto estornudaba la situación daba un vuelco:
- ¡Buf! ¿Cómo he podido estar aguantando esto?
- En realidad de rubia tienes la misma fuerza, sólo que tu personalidad malvada está más predispuesta a entrenarse y a sufrir.
- Ya, pero esto es demasiado para mi. - Dijo Lunch mientras se quitaba el caparazón. - Una cosa es correr y hacer deporte, pero lo de la mochila es una barbaridad.
- Mira, por esta vez llevaré la mochila por ti. Los 5 kilómetros que me quedan de trayecto no, pero de aquí a palacio aguanto con las dos mochilas. Pero cuando te vuelvas rubia ya te recordaré que no cojas la mochila para correr por fuera, sólo para entrenar en palacio. Paso de cargar doble cada vez que estornudes.
- Lo siento, esto no me lo esperaba.
- Tranquila, yo también tendría que haberlo previsto. - Entonces Violet añadió con una sonrisa. - Ahora no trotes demasiado, que la lenta vuelvo a ser yo.

¡BZZZZZ! ¡BZZZZZZZZZZ! Sonaba el móvil de Violet, era Eihei Taicho, capitán de la guardia palatina. Eihei ostentaba su cargo desde los tiempos de Furry, el anterior rey. Tras el golpe de estado de Pilaf, vía bolas del dragón, Furry y Eihei no entendía bien el porque, pero estaban convencidos de que correspondía la abdicación de Furry en favor de Pilaf. Eihei, además de consternado, se hallaba receloso ante el nuevo monarca, pero todo había transcurrido legalmente. Por si fuera poco, el propio Furry le pidió, que ya que abandonaba el cargo en pro de a quien consideraban el legítimo rey, que le sirviera con fidelidad. Al menos mientras no demostrase ser un sucesor indigno.

Si bien Eihei encontraba a Pilaf demasiado ambicioso, y caprichoso en algunos aspectos, hasta ahí tampoco hubiera tenido demasiado problemas en obedecer. Sí que sospechaba que Pilaf había sido algo turbio en algunos aspectos, pero las encarcelaciones de Bulma y Oomori habían sido a cargo de Mai y Shu, con lo que Eihei no sabía nada más aparte de que habían sido encarcelados. Lo que no quitaba que oliéndose algo no hizo nada para averiguarlo, pero él no era un héroe, sólo un soldado competente. Además, ¿que habría podido hacer? Pilaf era el legítimo soberano y no era tan fácil actuar contra él, además, una guerra civil era lo último que se necesitaba ante la amenaza de la Cinta Roja.

El caso era que el capitán de la guardia llamaba a Violet, de parte de Pilaf, para que tanto ella como Lunch, interrumpiesen su entrenamiento de inmediato y se presentaran al Consejo de Pilaf cuanto antes. Al colgar el móvil, Violet se dirigió a su amiga con una sonrisa:
- Vaya, parece que al final no me has fastidiado ningún entrenamiento.



- Así que ustedes han venido aquí a recoger... ¿unas bolas del dragón? - Inquirió Akira haciéndose el tonto.
- Sí señor, - respondió Shu, portavoz del equipo-, sabemos que tienen una aquí gracias a un detector. Consiste en una esfera naranja con estrellitas rojas, de este tamaño. Les agradeceríamos que nos la entregaran, por supuesto pagando un precio junto.
- ¿Se podría saber que interés tienen en las tales bolas del dragón?
- Según la leyenda, y nuestras investigaciones apuntan a que es cierta, - por razones obvias, Shu prefería no explicar como Pilaf había conseguido hacerse con el poder- al reunir las 7 aparece el dios dragón Shen Long, quien otorga un deseo a quien lo haya invocado. El nuestro sería resucitar a mi amiga Mai, fallecida recientemente.

Akira cambió su percepción de los forasteros al escuchar su noble deseo:
- Esta bien, vuestras intenciones parecen honradas. El único problema es que el Ejército de la Cinta Roja también ha descubierto que por aquí hay una bola del dragón. Aunque no lo han dicho específicamente, seguramente saben que incluso está en nuestra posesión. Nos han dado de plazo hasta el alba para entregarla. ¿Qué intenciones tenéis?
- Ayudarles en la defensa de la bola del dragón. - Contestó Shu. - Mi compañero Krilín es tremendamente fuerte. Es discípulo del legendario Maestro Tortuga, a quien recientemente ya ayudó a destruir un campamento de la Cinta Roja. Un campamento provisional, eso sí, pero liderado por el famoso general Silver, muerto en tal ataque.
- ¡Cómo! - Akira y los demás samuráis conocían al famoso general Silver, uno de los más terroríficos de la Cinta Roja.
- Bueno, - interrumpió Krilín, tímido- es verdad que soy muy fuerte. Pero si voy solo mi éxito dependerá de quien esté allí. Con un campamento de soldados normales sí que puedo, aunque hayan droides A-1. Pero quizá haya algún luchador especialmente poderoso. Ayer mismo casi me mata el General Blue con sólo dos golpes.
- ¡¿El General Blue?! - Akira no salía de su asombro. - En todo el mundo, los únicos hombres que probablemente sea más fuertes que él son el Maestro Tortuga, tu maestro; el Maestro Grulla, su rival, también discípulo del legendario Mutaíto; Tao Pai Pai, el mejor asesino del mundo, hermano menor del propio Maestro Grulla - Akira se horrorizará si se entera de la situación de Tao Pai Pai- ; y tal vez alguno de los otros alumnos de estos.
- ¡Ejem! - Carraspeó Yajirobe.

Akira fulminó con la mirada a Yajirobe. Antes de que pudiese castigarle por su impertinencia, el anciano Ryu, sensei de Yajirobe y prácticamente el único miembro de la tribu a quien el samurai rechoncho le caía medio bien, saltó en su defensa. Y no, el anciano Ryu no se parece en nada al del Street Fighter. Sólo tienen en común el nombre (bastante común entre los nipones) y la práctica de las artes marciales.
- Lo que quiere decir Yajirobe es que es alumno mío, que a mi vez lo soy de un alumno, de un alumno, etc. Del Maestro Yuki, otro de los alumnos del mítico Mutaito. No obstante Yajirobe, -dijo dirigiéndose a él- si bien es posible que seas capaz de derrotar a Blue, tampoco es algo que podamos asegurar.

En realidad Ryu dudaba que Yajirobe pudiese con alguien como Blue, suponiendo merecida la fama del terrible general. Su pupilo era el mejor luchador que había conocido, incluso superior a él mismo. Pero su carácter arisco e interesado, le habían hecho impopular en el poblado. Lo que unido a que de todos modos ya era más fuerte y duro que nadie, lo habían desmotivado en los últimos tiempos, lo que estaba comenzando a estropear el increíble potencial de este talentoso alumno. Para Ryu era una auténtica lástima, pues consideraba a Yajirobe como a alguien muy aprovechable, no sólo como luchador sino, pese a sus defectos, sino también como persona.

Yajirobe se empeñó en seguir metiendo cucharada, afortunadamente el aviso que le había hecho su sensei con la mirada, sirvió para que al menos esta vez alzara la mano pidiendo la palabra.
- En cualquier caso, este chico ha dicho enfrentarse, pero también perder con sólo dos golpes. No sé hasta que punto nos podría ayudar.
- Quizá tengas razón. - Admitió Akira.- Obviamente no irá solo, ni sólo contigo, sino que ayudaría todo el poblado. -Akira se dirigió a los forasteros.- Pero antes de elaborar ningún plan, deseo saber que pensáis hacer con la bola del dragón. Suponiendo que con vuestra ayuda podamos resistir frente a todo un ejército.
- Ya lo he dicho, resucitar a nuestra amiga Shu. - Respondió Shu.
- Sí, eso ya te lo he dicho, también que me parece un buen plan. Pero por si no os habéis dado cuenta, Yajirobe desde que habéis llegado aquí está como a punto de saltar como un resorte. La razón es que la bola del dragón en realidad es suya, y no puedo disponer de ella así como así.

Según las leyes de la tribu, Akira sí podría forzar a Yajirobe a entregar la bola. Pero en caso de negarse, la máxima sanción aplicable sería el destierro, pudiendo entonces quedarse Yajirobe con la bola. Akira añadió:
- Así que si pretendéis que vuestro esfuerzo se vea premiado con la bola, tendréis que negociar con Yajirobe.

En realidad Akira, si bien no quería coaccionar demasiado a Yajirobe, sí estaba dispuesto a mediar en el caso de que los nuevos forasteros ofreciesen un precio justo y Yajirobe regatease por codicia. Sin dilación, Shu se dirigió a Yajirobe:
- ¿Cien mil zenis por la bola?
- Doscientos mil. - Replicó el avaricioso.
- Ciento cincuenta mil. Y un puesto en la Guardia Pilafiana. El rango y sueldo iniciales dependerán de la valía que demuestres en tus primeras misiones con nosotros.
- Hecho.

Una vez acordado el precio de la bola y mercenariado del samurai relleno, Shu volvió a dirigirse al jefe de la tribu:
- Señor Akira, creo que ya es hora de evaluar nuestros medio y definir la estrategia a seguir.



El Maestro Tortuga se había quedado solo y a contrarreloj. Con Yamcha defenestrado y Puar que había salido volando, literalmente, hacía él, tenía muy poco tiempo para derrotar a Apolo y los terracotas. Quizá no tuviera el suficiente no derrotándolos de forma inmediata. Así que fue a lo rápido:

Con la técnica de la hipervelocidad se aleja de los terracotas y se traslada a la puerta de entrada. Mal asunto, desde ahí se oía acercarse a los soldados de abajo. Era evidente que por fin habían derribado la puerta y no tardarían en derribar también esta. Así que se descamisa, y conforme prepara un kamehameha su musculatura aumenta exageradamente de volumen. Es algo así como un Gyumao más bajito, pero más marcado pese a tener una corpulencia similar. Lanza el kamehame a Apolo, quien empujado por semejante torrente de energía, no sólo sale despedido por la ventana, sino que es enviado al quinto pino.

Sin perder esos músculos que le están agotando, ahora se dirige a por los terracotas. Al llegar a ellos emplea la técnica de la imagen múltiple, apareciendo cinco Mutenroshis hipertrofiados. Los cuatro terracotas normales caen enseguida bajo el tremendo poder de sus golpes, el general también cae enseguida gracias a la superioridad numérica obtenida. La técnica de la imagen múltiple consume muchas fuerzas, más cuantas más imágenes se empleen. Cuando las imágenes se emplean como si fueran reales, lo que significa que el luchador cambia de lugar constantemente para poder golpear, casi simultáneamente, desde las posiciones de todas las imágenes, es todavía peor. Combinada con la forma musculada, el desgaste para el cuerpo resulta criminal.

Con los terracotas derrotados, Mutenroshi por fin puede permitirse volver a ser un único anciano flaquito, pero todavía no puede descansar. Así que enseguida salió volando por la ventana a rescatar a sus compañeros. Apenas salir del edificio se encontró con un azorado, ¡e ileso!, Apolo al lado del todavía inconsciente Yamcha, rodeados de soldados. Apolo se dirigió al terrorífico Mutenroshi volador:
- Señor Tortuga, es usted más escurridizo que Oolong.



Durante las horas previas al alba, ambos bandos exploraron los alrededores de la base del comandante Orange. Los exploradores de la Cinta Roja no detectaron nada, pues estando preparados para detectar un asalto de un grupo numeroso de samuráis, estos sólo habían enviado unos pocos para prevenir una falta de palabra por parte de los soldados.
Cosa que no hicieron, no por el sentido de la palabra de Orange, sino por la esperanza de un acuerdo a última hora, junto a la confianza de que aquellos bárbaros no estaban preparados para resistir el ataque de un ejército moderno.
Por su parte, las pocas veces que algún samurai detectaba a un soldado le perdonaba la vida, tampoco por un exceso de bondad, sino para no dar pistas al enemigo sobre lo que se preparaba.

Shu, Yajirobe y Krilín rodearon el campamento para poder acercarse por detrás. A falta de media hora para el alba ya estaban en los árboles situados tras el campamento. Ahora, equipados con unas mantas de camuflaje proporcionadas por el perro ninja, procedieron a acercarse muy poco a poco, asegurándose por los agujeros para los ojos, de que no hubiera ningún guardia ni foco encarado hacia ellos cada vez que avanzaran, aunque fuera una pizca. Un avance muy lento, para ello se había tomado media hora para unos pocos centenares de metros, de los que tampoco debían recorrerlos todos.

Al despuntar el alba oyeron los preparativos de la incursión. Al salir el Sol partió el grueso del campamento, los estúpidos samuráis morirían por su tozudez.



Violet y Lunch, quien seguía en su forma morena, estaban reunidas en el despacho del emperador, junto a este, Eihei Taicho y una recién llegada llamada Ana Franz. Esta era una mujer con una lisa melena pelirroja que le llegaba a los hombros. Además era alta, esbelta, bastante guapa, buena forma física y una marcada expresión de preocupación en su rostro. Algo natural, pues era uno de los cabecillas de la resistencia de la capital del Este, ocupada por los viles soldados de la Cinta Roja.

- Su Majestad Pilaf, - al llamarle así esta señorita, el diminuto emperador se hinchó tanto que hasta parecía grande y todo- vengo a pedirle ayuda mutua. Mi ciudad está siendo maltratada por la Cinta Roja en todos los aspectos: expolios, saqueos, asesinatos, detenciones arbitrarias, e incluso violaciones. Los soldados se permiten cualquier crimen y abuso que se les antoje sin temor a represalias por parte de las autoridades, que son ellos. Y sus superiores se están sirviendo de nuestros recursos para prepararse para la guerra contra usted, una guerra que será a gran escala en cuestión de no mucho tiempo. Se están valiendo de nuestras riquezas naturales de hierro y bauxita, junto a la energía de nuestras centrales nucleares. No sólo eso, sino también se valen de nuestros centros de investigación para perfeccionar su tecnología militar, sobretodo en lo relativo a armamento nuclear.
Por todo ello se ha organizado un movimiento de resistencia, con acciones de sabotaje, atentados a sus cuarteles militares, infiltrados espiando, etc. Pero para ser verdaderamente eficaces necesitaríamos coordinarnos con ataques militares de su ejército. Ahora mismo somos como un niño armado con tirachinas contra un hombre armado, pero nuestra información y movimientos de distracción les facilitarían mucho a sus ataques, que por supuesto deberían ser hacia sus bases militares, pues para atacar a nuestra población civil ya tenemos a la Cinta Roja.

- Gracias por su exposición señorita, -respondió el Gran Pilaf- tendremos en cuenta su propuesta. Mientras la deliberamos siéntase como en su casa. - Pilaf llamó por el intercomunicador. - Sacarino, dispóngase a acompañar a la señorita Franz a sus aposentos. Ocúpese de que se sienta cómoda y como en su casa.



El trío calavera no asaltó apenas salir el último soldado del campamento. Ni siquiera tras desaparecer por el bosque. Sino cinco minutos después:
- Señor Akira -le comunicó Shu por el walky-talky que le había prestado- , el conejo está en el horno. Pasamos a nuestra tarea.

Cuando Shu decía "pasamos", se refería a que iban a pasar sus dos compañeros. Extraño uso de la primera persona. Así que Yajirobe y Krilín irrumpieron a saco en la base destrozándolo todo. Sólo quedaba una pequeña parte de los soldados, con lo que la toma fue sencilla. Shu, que hasta entonces se había limitado a un simple apoyo desde posiciones más o menos seguras, liquidando soldados a base de metralleta y bazooka, dio las siguientes instrucciones:
- Bueno, ahora me quedaré aquí para asegurarme de que los soldados que todavía no han muerto o huido puedan recuperarse y apoyar a sus compañeros. Lo que supone limpiar la zona. O dicho en sintoísta -Shu no era cristiano- , reventar los edificios y cargarme a los supervivientes que queden.
- ¿¡Cómo!? - Se sorprendió Krilín.
- No querrás arriesgarte a que se recuperen y os ataquen por la espalda. Además, ten en cuenta que estos tipos son simples asesinos a sueldo. Y tranquilo, tu te ocuparás de los soldados sanotes del bosque, Yajirobe y yo nos encargaremos del trabajo sucio aquí.
- Ningún problema. - Yajirobe respondió tal como se olía Shu. - Ve delante Krilín, ya te alcanzo, que esto no tardará mucho.

Mientras tanto, los soldados del bosque habían recibido el aviso del ataque a su campamento apenas iniciarse, por lo que cancelaron el ataque y dieron marcha atrás: momento que aprovecharon los locales para emboscarles. No es que contaran con muchas armas, pero entre las pocas que ya tenían de antes, junto a las que les prestaron Shu (un tipo bien equipado) y Tights (que llevaba las prestadas por su hermana). Pero eran las suficientes como para incordiar y hacer la retirada roja todavía más desorganizada.



Krilín corrió por la ruta al poblado hasta oír el regreso del convoy, para salir entonces del camino y correr en paralelo cubierto por los árboles. Los soldados le vieron llegar demasiado tarde como para poder recibirle adecuadamente, así que Krilín pudo apalizar gente y vehículos a placer. Incluso un droide A-1, demasiada poca cosa para él sin un compañero poderoso para apoyarle. No encontró resistencia hasta llegar hasta los dos líderes: el comandante Orange y el capitán Gero Junior.

- ¿¡Este mocoso está destrozando nuestras tropas!? - Rugió el leonino comandante. - Te voy a matar de un sólo golpe, ¡gusano!

Tras la experiencia de Blue, y observando el tamaño de semejantes bestiajos, Krilín de repente se sintió muy pequeño.

- Comandante, equípese con la armadura de combate. Será pequeño, pero este niño ha destrozado nuestra base junto a dos compañeros más.

Aterrorizado, Krilín descarta cualquier tipo de sofisticación. Así que se lanza sobre Orange con idea de golpearle con dos simples directos, un jab y un cross. Y a partir de ahí improvisar. No puede, pues apenas impactar a Orange con el jab al plexo solar, este sale despedido, por lo que no tiene tiempo de lanzar el cross. Orange no se equipó con la armadura a tiempo. Mejor dicho, no se equipó con ella por confiarse, el atacante era un simple niño pequeño, tanto que incluso le calculó menos edad de sus verdaderos trece años. De haber tenido más tiempo, o la prudencia de su lugarteniente podría haberse puesto la armadura a tiempo, lo que supuestamente habría complicado las cosas, pero no fue el caso. El Capitán Gero Junior sí era prudente, pero por su rango y sueldo sólo se equipaba de manera tan cara para misiones especiales, no para asaltar simples poblados del bosque. Era un buen luchador, razón por la que se daba cuenta de no estar preparado para alguien así. No tenía sentido seguir. Se rindió.

La batalla había terminado.



Mutenroshi entendió la indirecta, así que moviéndose como una centella destruyó al A-1 cercano y tumbó a los soldados circundantes. Después recogió a Yamcha y se fue volando, junto con Puar-Apolo, que recuperaba su forma original. No volvieron al piso de los terracotas, pues era evidente que allí no se hallaba Oomori.

A donde fueron fue al siguiente piso. Y menos mal, pues los soldados ya habían irrumpido la nueva puerta gracias a un droide A-1. Al que habían llegado nuestros héroes consistía en: un laberinto. ¡Genial! Los soldados no sólo tardarían unos segundos en recorrer el piso de abajo, sino algún que otro minuto en encontrarles en el de arriba, pues si bien contarían con mapas, el no tener un camino recto quieras que no, ralentiza.

Puar, recordando la leyenda del laberinto del Minotauro, tuvo la idea de transformarse en ovillo de lana:
- Aguánteme por un extremo, Maestro Tortuga, mientras exploro un poco.

Tras varios intentos, el hilo de Ariadna polimorfo se percató de que podría tardar un buen rato, así que decidió volver atrás para advertir a Mutenroshi, por si se le ocurría una idea mejor. Como fue el caso:
- Yamcha ya está recuperado; yo no estoy recuperado del todo, pero al menos vuelvo a tener aliento; y no sé para qué queremos resolver este laberinto, cuando lo que queremos es rescatar a Oomori y obviamente no se encuentra aquí. Yamcha, cógete a mi; Puar, sígueme.

Así que de nuevo salieron volando por la ventana, para irse al piso de arriba, entrando también por la ventana. Así, a lo grande.
Allí les esperaban el general White y una mujer, realmente espectacular. Era una rubia de facciones preciosas, clavadita a Kristanna Loken; con un cabello engominado que pese a su longitud real, no le llegaba ni al cuello porque estaba recogido con un moño; ojos azules como el cielo, fríos como el hielo, que transmitían eficiencia, además de una confianza en sí misma a toda prueba; y un traje de cuero muy ceñido, de color verde grisáceo, con el logotipo de la Cinta Roja en el pecho, en uno de sus generosos y hermosos pechos.

La rotunda señorita, con el beneplácito de White, se adelantó un poco y mostró una cálida sonrisa que contrastaba con sus ojos glaciares:
- Bienvenidos caballeros, les felicitamos por haber llegado hasta aquí. Se me lo permiten, me presentaré con un par de besos para cada uno.
- ¡Glups! - Yamcha retrocedió. Mientras su amigo Puar se quedó congelado ante una recepción tan... inesperadamente cariñosa.
Por contra, Mutenroshi se adelantó a toda prisa:
- ¡Por supuesto, señorita! ¡Smuak, smuak!

El muy so cerdo, no sólo la estaba besando abriendo la boca para sacar un poco la lengua, sino que aprovechó para apenas abrazarla por la espalda, bajar sus manos. Exactamente hasta donde quiso. Y lo sorprendente es que la tía no sólo no reaccionaba, sino que ella tampoco dejaba de abrazar a Mutenroshi. Así que el viejo verde aprovechó para manosearla unos segundos más. Justo los que tardó en abrirse la trampilla.

Ambos cayeron al vació. La mujer sin dejar de agarrarlo firmemente. Ella dejó de besarlo para abrir bien la boca. De donde salieron unos colmillos metálicos, y mientras sus manos se convertían en cuchillos.
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KRILÍN, EL MAESTRO TORTUGA: 11- Katanas, metralletas y chicas guapas

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