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 Anticaos 3 - Penumbra

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Satsuki Momoi
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Parte 1: Ecuador

Kailow despertó abrúptamente de su sueño. Había dormido bien, pero una molesta alarma no dejaba de sonar. Afuera estaba atardeciendo y los chicos del clan seguían sentados en los mismos sitios del vagón. Violene le miraba fijamente ya que se percató de que estaba despierto.

—¿Qué pasa? —le preguntó Kailow.
—Vamos a entrar en el ecuador. Sujétate, tendremos turbulencias —Violene agarró la barra que sobresalía de su asiento, la alarma dejó de sonar—. Es broma, debería ser un trayecto tranquilo.

Todos los asientos tenían barras que absorbían energía. Bastaba con agarrarlas para prestar energía al vagón y protegerlo del fuerte viento transversal. Y con una persona bien entrenada como Violene, era suficiente energía.

Llegaron a la zona catastrófica. Las nubes eran tan densas que el cielo oscureció. El aire se coloreaba de marrón. Poco a poco también desaparecía el verde. Muy pocos de ellos habían visto alguna vez un paisaje así. Una vez más, se hizo inevitable pensar en lo que les esperaba más allá del ecuador.

—¡Zobat! ¿¡Qué te pasa!? —gritó Kard.
—Yublun, saca los paralizadores —dijo Sagria.

A Kard le sangraba el antebrazo derecho. Nadie se había dado cuenta de que Zobat había atacado a Kard.

Tenían problemas. Zobat había perdido el control de sí mismo y estalló de furia. Empezó a dar zarpazos por doquier. Tenían que contenerlo como fuese y que Yublun lo paralizara, pero entonces Zobat agarró a Kailow y lo estrelló contra la ventana.

La ventana se rompió. El viento recorrió la estancia y el vagón empezó a inclinarse a un lado. Yublun al fin consiguió paralizar a Zobat.

—¡Ayudadme, rápido! ¡O si no el vagón volcará! —dijo Violene.

Todos volvieron a sus asientos para agarrar las barras y donar energía. Por culpa de la ventana rota, el viento se llevó también el techo.

—¿No se suponía que un poco de energía mágica nos protegería del viento? —preguntó Haorán.
—No a esta velocidad —dijo Violene—. Con la ventana rota se ha desestabilizado el campo mágico.

El vagón volvió a su posición original, pero empezó a perder velocidad drásticamente hasta que se paró. El viento seguía siendo fuerte, pero dejó de ser peligroso

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Kailow.
—Seguir adelante hasta encontrar otra estación —dijo Violene—. Es lo único que podemos hacer.

Abandonaron el vagón y Zobat despertó.

—Qué ha pasado —dijo confundido.
—Te has quedado dormido —dijo Haorán sarcásticamente.

Pero Zobat miró a su alrededor. El vagón destrozado, el brazo de Kard y los ánimos del grupo.

—¿Me ha consumido el caos otra vez?
—No te preocupes —dijo Kailow posando su mano amistosamente en el hombro—. Si puede pasarle a Joldy, puede pasarle a cualquiera.
—¿Para qué habré venido? Soy un peligro. Da igual lo que penséis, en cualquier momento os atacaré por la espalda y os comeré.
—Correremos el riesgo —dijo Kard.
—¿El viento no está soplando un poco más fuerte? —dijo Sagria.
—¿Cómo que más fuerte? —gritó Yublun.
—Pues eso, más fuerte. ¿No os dais cuenta? Cada vez tenemos que alzar más la voz.
—¡Sagria tiene razón! —dijo Kard.
—¿No habíamos dejado atrás el ecuador? —protestó Kailow—. ¿Entonces por qué es más fuerte el viento?
—No lo sé, la naturaleza no es fácil de predecir.
—¿No hay alguna manera de que podamos salir de aquí? Empujando el vagón, por ejemplo.
—Correr sería más práctico.
—Podría haber una manera de empujar el vagón —dijo Sagria—. Recuerdo que en Irisia, Haorán sacó a Zobat de la ciudad en solo dos golpes. Al principio pensé que debía tener una fuerza extraordinaria, pero al ver luego que Zobat no tenía daño alguno, descubrí que en realidad no se trataba de fuerza, sino de poder de empuje.
—Es verdad, yo puedo hacer eso fácilmente. Con la ayuda de mi vara. —Haorán alzó su arma.

Todos volvieron a subir al vagón. Haorán se colocó a final para golpear al vagón desde ahí. Sus golpes eran rectos y no demasiado fuertes. Al principio fue brusco, pero el vagón empezó a moverse y acelerar cada vez más.

—A esta velocidad está bien —advirtió Violene.

Durante un buen tiempo Haorán tuvo que dar golpes al vagón. El viento ya no pudo alcanzarles. El paisaje recuperó el verde y la brisa la tranquilidad. El vagón quedó inservible.

—Tenemos que sacarlo de la vía e intentar llegar a la estación más cercana —dijo Violene.
—Tiene que haber una cerca —añadió Sagria.


Parte 2: Quarpin

El calor se hizo agobiante. Se encontraron a unos pocos monstruos que abatieron con facilidad. Caminaron durante el resto del día siguiendo la vía del vagón hasta que se toparon con el bosque al que daba un rodeo.

—Todavía ninguna estación —dijo Violene.
—Si hay una, debe ser al otro lado del bosque —dijo Sagria.
—¿No podemos descansar un segundo? —pidió Kailow. Estaba agotado.
—Si la estación está al otro lado, podemos atravesar el bosque para ganar tiempo —dijo Kard.
—Espera un poco. Este bosque es El Tunel, ¿no? —dijo Violene—. No puede haber nada bueno dentro.
—Ni nada que no podamos superar —afirmó Kard con confianza.

En cuanto reposaron un poco las piernas, se vieron decididos a entrar al bosque. En seguida notaron un olor putrefacto. El aire de aquel bosque estaba cargado. Pero el silencio era absoluto.

—No os fiéis —advirtió Kard— Tened precaución, pueden estar en cualquier parte.

Divisaron al instante una estampida de monstruos. Sin embargo, se les echaron encima antes de que pudieran reaccionar. Permanecieron muy juntos, y a duras penas podían contener el ataque. Atónitos veían más de ellos que se acercaban a toda velocidad.

Una extraña apareció blandiendo una espada mágica y se interpuso en el camino de la estampida. Uno por uno, interceptaba a cualquier enemigo que se le acercara, como si una fuerza invisible la arrastrara al lugar donde debía estar en cada momento. La inexpresividad de su rostro era digna de homenaje.

—¡Gracias! —dijo Kard exhausto—. ¿Necesitas ayuda?

No respondió. La extraña seguía matando monstruos como si estuviera ejecutando una coreografía previamente ensayada. Kard pensó que no le había escuchado.

—¿Necesitas ayuda? —repitió Kard—. ¿Cómo te llamas?
—Quarpin. Ya casi he terminado.
—¿¡Cómo lo haces!? —preguntó Zobat impresionado—. O sea, predecir la ruta que van a tomar estos monstruos.
—Son bípedos. —Nadie parecía comprender esta afirmación, ya que todos los monstruos son bípedos, así que Quarpin se explicó mejor—. En medio de un bosque los bípedos tienen dificultades para controlar los giros por culpa del desarrollo de su tren inferior.
—Es decir que en el llano son mucho más rápidos. —dijo Haorán en conclusión.

Quarpin se detuvo. No quedaban más enemigos a la vista. Aun así sus ojos seguían abiertos como platos y su boca seria como la de un muerto.

—Nunca antes habíais visto bípedos, ¿verdad? Al otro lado del ecuador hay más tipos de monstruos además de los dos que ya conocéis. En cualquier caso, siguen siendo seres a los que hay que aniquilar.
—¿Exactamente quién eres? ¿Qué estabas haciendo tú aquí? —preguntó Yublun.
—Lo acabo de decir. Los monstruos son seres a los que hay que aniquilar. —dijo Quarpin pasiva.

Nadie supo qué decir. Se hizo un silencio incómodo.

—Así que esos monstruos veloces eran los bípedos —dijo Yublun—. Sabía que eran rápidos, aunque esto no me lo esperaba.
—Pero es un poco extraño. Todo estaba tranquilo y de pronto la plaga se avalanzó sobre nosotros como si no hubiera un mañana —dijo Zobat.
—Estamos en el hemisferio norte —informó Quarpin—. Aquí nosotros somos los intrusos a los que hay que combatir. Aunque evidentemente eso no importa ya que estamos aquí para destrozarlos.

De nuevo un silencio perturbó el ambiente. Varias dudas rondaban por la mente de Kailow, hasta que supo darles forma con una pregunta.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le preguntó Kailow.
—No lo sé —dijo Quarpin.
—¿Has perdido la cuenta?
—Así es. Desde que estoy aquí he dejado de preocuparme por el paso del tiempo para dedicarme plenamente a luchar contra la plaga.
—¿Cuánto tiempo aproximadamente?
—Por el paso de las estaciones, diría que dos años y medio.

El grupo prestaba una nueva atención a la extraña humana que acababan de conocer. Pasaron de la sorpresa ante su capacidad de lucha a la curiosidad por el alcance de su locura.

—¿Llevas dos años y medio en este bosque tú sola peleando contra la plaga? —dijo Zobat perplejo.
—Sí. Ya lo he dicho.
—No quiero ofenderte, pero eres extremadamente rara.
—¿Es raro pelear contra la plaga?
—No —contestó Zobat—. Lo raro es que trates de hacer eso todos los días como si tu vida sólo valiese para ello.
—Pero no puedo quitármelo de la cabeza. Sólo quiero matar monstruos. Es lo único en lo que puedo pensar. Matarlos a todos. No puedo ignorar ese sentimiento.
—De acuerdo —dijo Kard—. Pero si quieres pelear contra la plaga, ¿por qué no estás en el frente? Eres bastante fuerte, serías de mucha más utilidad allí.
—No entiendo cuál es la diferencia. No descansaré hasta que todos los monstruos estén muertos, así que no me importa que sea aquí o en el frente. Iré a cualquier lugar en el que se encuentren hasta acabar con el último de ellos.
—¿No quieres venir con nosotros? —dijo Haorán—. Si hay alguna manera de acabar con el caos, está en el frente.
—No es necesario —respondió Quarpin.
—Deja que hable con ella, creo que la entiendo un poco —le dijo Haorán a Kard.

Haorán le pidio a Quarpin que la acompañara para hablar a solas. Haorán le hablaba mientras la otra escuchaba, o más bien simulaba escuchar porque su cara permanecía rígida como la de una estatua.
—¿Qué piensas, Kard? —dijo Violene—. ¿Tanto su motivación como su meta es simplemente matar monstruos?
—¿Por qué no? ¿Es algo malo?
—Tiene que haber otro motivo. No creo que el fin justifique los medios.

Haorán volvió con Quarpin.

—Quarpin está dispuesta a unirse a nosotros en el frente como miembro de Anticaos —anunció Haorán.
—Espero ser de ayuda en el frente y combatir con orgullo a la plaga —dijo Quarpin en tono condecoroso.
—Haorán, ¿qué magia has hecho? —preguntó Kard.
—Digamos que yo tenía razón, la entiendo un poco.


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